Al son de la gran pantalla

23 Abr

Hace unos días comencé a hablaros sobre algunas de las distintas temáticas utilizadas en el cine para presentar la discapacidad.

En los inicios del cine, lo más normal era encontrarse con películas en las que los protagonistas con discapacidad solían ser personajes que simulaban tener un problema físico con algún fin lucrativo, es decir, la discapacidad directamente era negada y rechazada.

Sin embargo pocos años después se podían ver representaciones de discapacidades reales pero bajo la etiqueta de personas devaluadas, débiles, aisladas o incluso desechos humanos. Se trataba de una visión muy alejada de lo que realmente suponía tener una discapacidad, pero que de alguna manera apoyaba la opinión de un porcentaje muy elevado de la sociedad que moldeaba su manera de ver y pensar al son de lo que la gran pantalla ofreciera en el momento. Así, continuó gestándose una equivocada forma de tratar y mirar a la persona que padecía alguna deficiencia, ya fuera física o psíquica. Pero no todo quedó ahí. La devaluación continuaba en la sociedad apoyada por una estricta y equivocada política sobre la discapacidad carente de derechos. El derecho que tenía una persona con discapacidad era no más que el de ser fruto de la lástima o compasión ajena, y por supuesto el de pertenecer a un grupo minoritario y secundario, qué decir del derecho a la igualdad… brillaba por su ausencia el sentimiento de responsabilidad cívica, el derecho de cada persona a ser tratada como tal.

De esta manera y sumergidos en esa visión, nos encontramos con otra de las temáticas cuna del cine de la discapacidad: El malvado, el discapacitado monstruoso que ha colaborado a dar al cine alguna de las mejores películas de cine clásico. Con el ascenso de la corriente cinematográfica, film d’art, creada en Francia en 1908, los realizadores comenzaron a experimentar con imágenes basadas en obras literarias famosas y desarrollaban personajes que destacaban por su maldad o por su inocencia. Este movimiento, introdujo así una tendencia inquietante al ascenso de los filmes dramáticos, en los que se explotaba una de las creencias más arraigadas y equivocadas sobre la gente discapacitada: “Discapacidad = maldad”.

Podemos encontrar ejemplos de este concepto ya en la época muda con películas como “Un gancho y una mano” (1914), “El tres de corazones” (1914) o “El mago” (1926). También aparece esta idea en la primera etapa sonora con “La fiera del mar” (1930) o “Cirano de Bergerac” (1950). Y una mención aparte dentro de este concepto y a lo largo de las distintas etapas del cine sonoro para grandes creaciones cinematográficas de la talla de “El doctor Frankenstein” (1931), “La parada de los monstruos”(1932), “El hombre elefante” (1980), o “La Momia” (1999), películas que merecen individualmente al menos uno de mis futuros posts.

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